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Angel Tajuelo Pardo de Andrade

Ángel Tajuelo Pardo de Andrade
Vicealmirante de la Armada (Ret.
)

 

REFLEXIONES SOBRE UNASEXUALIDAD SOSTENIBLE


Introducción

            Las separaciones matrimoniales son una realidad cuyos resultados, estadísticas, juicios y demás problemas vemos constantemente en los medios de comunicación, y, lo que es peor, sufrimos en nuestras familias.

            También hemos ido viendo la degradación de los términos que hace años tenían un determinado significado, claro y con resultado de responsabilidades adquiridas. Así, no hace mucho todos sabíamos lo que eran unos novios, el significado del término pareja o lo que era un matrimonio; compañero era alguien próximo a la amistad y un amigo o amiga merecía nuestro respeto y nuestro afecto o cariño.

            Hoy en día no está claro que son unos novios, al término pareja se le añade normalmente el calificativo de “sentimental”, y la atribución de compañero o compañera, amigo o amiga hay que hacerla con cautela porque puede tener connotaciones más allá de las que normalmente se les adjudicaba.

            Esto podría en gran parte estar originado por la actual promiscuidad de la actividad sexual, reducida en muchos casos al aspecto genital, a pesar de ese término tan mal utilizado de “hacer el amor”, pura búsqueda de una felicidad inmediata, pero pasajera, en la que hoy en día nos embarcamos con gran facilidad.
         
   Porque, al fin y al cabo, lo que buscamos es la felicidad pero realmente damos golpes de ciego, creyendo que podemos hallarla fácilmente; y realmente nada en esta vida se adquiere sin un esfuerzo, y un esfuerzo que tiene que ser educado en una senda de valores que merezcan la pena.

Las causas


             ¿Nos viene todo esto de repente? Por supuesto que no. Los que ya somos entrado en años hemos visto como el proceso ha ido arañando el tiempo, muy de la mano de términos también equívocos como apertura y progresismo; equívocos porque, si bien excelentes en su significado e intención iniciales, se ha ido dirigiendo interesadamente hacia fines más crematísticos y de negocio que hacia una profundización en el conocimiento y promoción del ser humano y de sus valores. Es curioso observar que esta cuestión ha ido acompañada (¿pautada?) por el incremento de los medios de comunicación, en alguno de los cuales la banalidad, cuando menos, es factor frecuente y, en otros caso, la amoralidad es evidente.

            No podemos dejar de lado, por supuesto, la inevitable reacción pendular a un periodo de tiempo política y religiosamente demasiado dirigido, con una moral fundamentada casi exclusivamente en la autoridad.

Los valores


            Citar actualmente los valores de la persona es casi como (en el momento que esto escribo) hacer mención de la reforma laboral: todo el mundo dice que es necesaria pero nadie la concreta.

            Y es que la cuestión no es fácil; hacer una enunciación teórica de los valores, creo que estaremos de acuerdo que es relativamente fácil. Hacer el bien, practicar la justicia, respetar la dignidad de la persona, decir la verdad, defender la vida humana, o amar a los demás sean conceptos universalmente reconocidos como valores de la persona

            Claro que aceptando un valor concreto como el respeto a la vida, unos aprueban la interrupción del embarazo y otros lo desaprueban, unos admiten la pena de muerte y otros la condenan, unos están a favor de la fecundación artificial y otros en contra. “Lo único, dice López Azpitarte (1), que puede orientar con eficacia es el conocimiento concreto de los valores que humanizan o destruyen a la persona en cualquiera de sus comportamientos”.

En lo relativo al tema que nos ocupa “qué formas de actividad sexual respetan y maduran o son un peligro para el estancamiento psicológico y la dignidad de la persona”.

            Y si lo hilvanamos con la enunciación teórica de los valores incluiríamos en los ya citados la FIDELIDAD; seguro que también es un valor reconocido, pero luego su práctica ya es harina de otro costal

El objetivo y los medios


            Visto lo anterior, haré una afirmación a la que será difícil negar su evidencia: Lo que la persona busca es LA FELICIDAD. Esta es la cuestión, y en esta búsqueda parece sensato pensar que la EDUCACIÓN es un factor de importancia capital, una educación integral, dentro de la cual la cuestión sexual es, sin posible discusión, decisiva. Y esta es la responsabilidad de la familia, del colegio y, en el caso de los cristianos, la Iglesia. Las leyes tienen también facilitar el camino

La educación sexual en la ley


            Lo último que tenemos en este campo de la esfera legal es la nueva ley de Salud Sexual y Reproductiva que contempla, en su artículo 9 “Medidas en el ámbito educativo”. Dejando aparte los hechos y los rumores actualmente en curso sobre el asunto, a mi modo de ver el artículo está demasiado orientado hacia una instrucción sexual, lejana a la educación sexual, tanto que incluso no resiste la comparación con documentos que la misma ley cita, como la Resolución 1607 (2008) de la Asamblea parlamentaria del Consejo de Europa, que en este importante tema dice: “Existe constancia de que establecer políticas y estrategias adecuadas sobre derechos y salud sexual reproductiva, incluida una educación sexual obligatoria para los jóvenes y adaptada a su edad y a su sexo, tiene como consecuencia una reducción en el número de abortos. Esta educación debería incluir una enseñanza sobre autoestima, relaciones saludables, libertad de retrasar la actividad sexual evitando la presión de compañeros y compañeras, información sobre la contracepción y toma en consideración de consecuencias y responsabilidades”. Se podrá estar de acuerdo o no con lo que este artículo dice, pero es mucho más completo que el de la ley española.

            De la Educación para la Ciudadanía cosas similares podrían decirse y las diversas versiones de sus textos están al alcance de todos y han sido ampliamente comentados

            Es pues necesario asegurarse de que la educación sexual que imponga el Estado tenga, cuando menos, las líneas indicadas por el documento europeo.

La educación sexual en la familia


            Se esté de acuerdo o no con las pautas que el Estado va a marcar, y especialmente si no se está de acuerdo, la familia no puede seguir siendo “timorata” a la hora de educar a sus hijos en la sexualidad. A fuer de ser tachados de pesados, repetiremos una vez más que la educación sexual es parte muy importante de la educación integral de los hijos, y una responsabilidad de la que no puede dimitir la familia, que tiene al niño o niña desde muy pequeño y puede y debe irlo formando en una sexualidad sana, una sexualidad SOSTENIBLE, que le acompañe durante todo su desarrollo y que sea capaz en el futuro de servir de estímulo y acicate a un matrimonio  lleno de amor y duradero, único camino de felicidad, por supuesto para las personas que busquen en el matrimonio su estabilidad vital; y para los que no se casen el equilibrio que esta educación les proporcionará será muy apreciada en todos los órdenes de la vida.

            Dos factores han incidido siempre, y siguen incidiendo, en esta faceta de la educación. De una parte la ausencia de atención de la que ha sido objeto, y de otra la falta de preparación de los padres, con necesidad, ellos mismos, de una formación lo más urgente posible que atienda a comprender los procesos evolutivos de la sexualidad, la influencia que en ella tienen los cambios sociales y, dentro de éstos, el ambiente social.

            Es pues necesario en los padres un compromiso de formación y preparación que les permita establecer con sus hijos, desde su más tierna infancia, un diálogo sobre los problemas que aparecen en las diversas etapas del desarrollo de la persona, de forma que lo que en esta importante faceta de su educación les llega por medios “accidentales”, encuentre unos bien asentados cimientos basados en los grandes valores que fundamentan e iluminan la existencia personal y social, convirtiendo lo que recibe de “la calle” en correctos criterios de conducta sexual, que, incluso, pueda devolver a la fuente transmisora.

            Algunas pistas a tener en cuenta por los padres podrían ser:

  1. Los padres deben transmitir  y educar a sus hijos en unas actitudes positivas que les ayuden a vivir la sexualidad de forma gozosa y tranquila

  2. La sexualidad es un todo y debe ser educada como un todo contemplando sus distintas facetas biológica, psicológica, afectiva, sexual, social, cultural,…

  3. La sexualidad ejerce una gran influencia sobre toda la persona

  4. El sentido positivo o negativo que tiene se lo da la persona desde sus valores

  5. La genitalidad es solo un pequeñísimo aspecto de la sexualidad, una función facultativa de la misma y a ella subordinada.

La educación sexual en el colegio


            Dado que aquí tratamos con profesionales, parece que la principal trampa en que pueden caer los educadores es confundir, o que les hagan confundir, la EDUCACIÓN (formación) con la INSTRUCCIÓN (manejo); y, claro, esto requiere más atención e intención que lo que puede parecer.


            Es de suponer que precisamente por su profesionalidad los educadores de los distintos colegios, y de la Universidad también, distinguirán las dos cuestiones, pero mi modesta recomendación es doble:

  1. Una revisión de la formación y preparación en educación sexual del profesorado

  2. Una buena comunicación con los padres, no reducida a cuestiones didácticas

  3. Un buen testimonio, sería el mejor complemento.

La educación sexual en lo religioso


            La fe puede y debe ser un apoyo en todas las instancias anteriores. Si se carece de ella la persona, su familia y el colegio tendrán que suplir su benéfica influencia atendiendo a los demás valores. En todo caso el testimonio inherente a un cristiano siempre tendrá influencia en los demás.

            Sin embargo, la enseñanza de la Iglesia no siempre ha sido (¿ni es?) la que en este aspecto podría ser más adecuada; hay varias generaciones que lleva muy dentro una moral enseñada muy basada en sentimientos de culpa y de pecado, con amenazas de condenación eterna.

            Con esa línea de educación los componentes moral y religioso han ocupado los primeros planos en detrimento de otros, con graves problemas en la educación y en la salud sexual, al mismo tiempo que se “daba ventaja” a otras informaciones y líneas de actuación muy distintas y, a corto y medio plazo, perjudiciales par la formación de la personalidad del individuo.

            El Concilio Vaticano II recuerda a los padres cristianos el deber de “iniciar a sus hijos, conforme avanza su edad, en una positiva y prudente educación sexual”. Solo una línea pero llena de sabiduría e impulso al buen hacer.

            El Catecismo de la Iglesia Católica dice: “La sexualidad abraza todos los aspectos de la persona humana en la unidad de su cuerpo y de su alma. Concierne particularmente a la afectividad, a la capacidad de amar y de procrear y, de manera más general a la aptitud para establecer vínculos de comunión con otro”.  Lo cual está muy bien; lo que pasa es que la amplitud de miras que parece deducirse de este párrafo se cierra inmediatamente en el siguiente: “La diferencia y la complementariedad físicas, morales y espirituales están orientada a los bienes del matrimonio y al desarrollo de la vida familiar”. Desde mi punto de vista esto es totalmente cierto, pero, tampoco me cabe duda de que decapita una parte conceptual importante de lo dicho antes, y afecta de forma importante a todo lo que se refiere a la educación. ¿Porqué?; porque no deja pautas para la línea de educación sexual que sugiere el Concilio, que, como antes mencioné, tiene como conceptos básicos la atención a la persona en todas las etapas de su crecimiento, basada en una actitud positiva y prudente de la educación sexual.

            Esto parece reflejar que la Iglesia sigue en su línea biológica y pro creacionista, cuando en los tiempos actuales  la persona tiene la absoluta necesidad de integrar la vida sexual con la vida espiritual. Y esto es cierto para creyentes y no creyentes, cada uno en su modo de vivir su vida espiritual. ¿Sigue siendo el cuerpo un enemigo del alma? Recuerdo aquello de “el mundo, el demonio y la carne”. ¿Sigue habiendo un vacio educativo sexual que va desde que se nace hasta que se contrae matrimonio, que “está ordenado al bien de los cónyuges, a la procreación y a la educación de la prole”? (CIC 1601).

            Tenemos, la Iglesia (Jerarquía y laicos), que poner en marcha el cambio; tenemos que partir de una espiritualidad que incluya lo bueno de la sexualidad como camino espiritual para el hombre de hoy. El creyente ha de saber, estar convencido de que la sexualidad es obra y don de Dios para su vida, don que debe agradecer, y que ha de honrar y respetar el lugar que se le ha asignado dentro de su vida espiritual. ¿Cómo? Pues tendremos que empezar por “indicar a nuestros hijos, conforme avanza su edad, una positiva y prudente educación sexual”. Es posible que para hacer esto los padres tengamos, a su vez, que pasar por algún curso o catequesis al respecto. Y posiblemente también la mayoría de los párrocos, aunque en esta cuestión la asistencia de los laicos (¡por la siempre se suspira) parece completamente indicada.

            La cuestión no es fácil y las preguntas ya se están oyendo, ¿cómo se hace eso? Que eso no es fácil lo sé por experiencia fracasada, pero la Iglesia debe de ponerse manos a la obra y ayudar a la familia en positivo, y no solo citando el pecado y amenazando con la condenación eterna. La sociedad actual tiene sus oídos y su cerebro preparados para otros impulsos que, además, tienen unos grandes altavoces en los medios de comunicación social.


            Nuestra estructura parroquial tiene que convertirse en sede de comunidades vivas en las que se vivan los problemas de sus componentes y se sepa conducirlos con acierto y con esa gran arma que tenemos los cristianos que es la oración, pero hay que vivir los problemas de los demás y compartir los nuestros, y ahí entra también la educación sexual de los hijos.

            Cualquier nueva evangelización que no tenga en cuenta estos factores está condenada al fracaso, y es urgente darle a nuestra juventud un verdadero aliciente que le facilite una seguridad, una firmeza, un saber porqué, un sentido de los valores reales que ahora se ve muy poco y cuya balanza la familia sola no puede en estos momentos inclinar a su favor.

Volvamos al objetivo


            Al final, lo que todos queremos es ser felices y a alcanzar esa felicidad tenemos que contribuir todos. La educación es básica, fundamental para llegar allí, y dentro de ella la sexualidad es de una importancia vital, ya que ella es vital dentro de nuestro ser y de nuestra personalidad, y, en el caso de los matrimonios pieza muy importante de su estabilidad que, ya dije antes, significa felicidad.

            El Estado debe ser prudente en su legislar, tratando de hacer leyes para todos los ciudadanos y siempre con la mirada puesta en su bienestar

            La familia tiene un rol insustituible del que no puede dimitir, pero la ayuda práctica de los educadores y el apoyo y desarrollo espiritual de la Iglesia, no pueden faltar.

            La esperanza cristiana es una gran virtud, así que esperamos que el Señor “nos eche una manita” y nos lleve hacia El, fuente de verdadera felicidad, y haga que la buena noticia de una sexualidad positiva, don y regalo de Dios para realizarnos como personas, ser felices y hacer felices a otros, llegue pronto a todos.

Ángel Tajuelo Pardo de Andrade
Vicealmirante de la Armada (Ret.)

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